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SEIS ANÁLISIS es un libro que trata del desarrollo personal que incorpora la reencarnación, pero que no se basa en las antiguas religiones como, por ejemplo, el Budismo, sino en una concepción occidental de la misma que adquiere cada vez mayor aceptación. Una concepción individual que encuentra acogida en la propia intuición de las personas. El libro dilucida algunos de los factores que tienen importancia para el desarrollo de la personalidad, y al mismo tiempo examina algunos de los factores que se oponen a este desarrollo, pudiendo la religión sin amor ejercer un efecto negativo. SEIS ANÁLISIS fue publicado en marzo de 1989 y enviado a 384 bibliotecas universitarias de todo el mundo, todas cuidadosamente seleccionadas. A lo largo de los años transcurridos son cada vez más los que comprenden la idea de este libro, y muchos también los que en vano han intentado adquirirlo. Para complacer este deseo, el contenido del libro se ofrece ahora en un sitio web, facilitando así su mayor divulgación. Prólogo …………………………………………………….………. 1 1. Karma, Arrepentimiento y Perdón . 2 2. Cristianismo y Karma . 4 3. La relación con Dios . 6 4. El esfuerzo personal . 8 5. El desarrollo personal . 10 6. La doctrina cristiana de la Redención y la Perdición . 12 Este pequeño opúsculo trata cuestiones que nos incumben a todos y que de alguna manera abordan el sentido de la vida en la tierra. Un análisis de las preguntas que, desde siempre, vienen ocupando la mente de millones de personas sin que los eruditos hayan podido llegar a un acuerdo en sus respuestas Jan Erhardt Jensen Marzo de 1989 Los hombres han intentado, generación tras generación, comprender los fuertes sentimientos que llevan a adoptar una actitud tan irreconciliable que imposibilita la relación entre las partes implicadas, y al mismo tiempo comprender aquellas poderosas leyes capaces de anular estos sentimientos y restablecer la buena relación. Una indagación que a menudo se ha visto entorpecida por dogmas religiosos y un pensamiento turbio. Si una persona comete un acto malvado dirigido contra otra persona, lo más frecuente es que la relación entre ellos se rompa. En casos graves puede llevar, incluso, a una enemistad duradera, en la que el enojo de las dos partes se convierte en odio. La conciencia de que una parte ha intentado dañar al otro deliberadamente, es por tanto la causa de esta actitud negativa que les impide mantener una relación buena y afectuosa. Mientras exista la conciencia de que uno ha cometido un acto negativo contra el otro y no haya arrepentimiento por parte del ofensor, y mientras el ofendido no dé muestras de un total y sincero perdón, la relación entre ellos seguirá estando marcada por sentimientos fríos y negativos. El acto malvado ha conllevado por tanto a que surja un karma entre ellos, el cual no desaparecerá hasta que su relación vuelva a ir por buen cauce. Las consecuencias de este tipo de actos se harán sentir en muchos casos también después de la muerte, pues los espíritus afectados recordarán fácilmente los malos actos que unos han cometido contra otros. Como la vida futura, que los espíritus totalmente desarrollados compartirán algún día en el Reino de Dios, debe estar basada en sentimientos afectuosos y sinceros, el primer paso a dar será restablecer la buena relación antaño existente entre ellos en la Tierra. Entonces estos espíritus se reencarnarán y volverán a convivir los unos con los otros, y el causante de la ruptura de la relación podrá ejercer actos de amor a favor del afectado. Actos de amor que serán recordados cuando las dos partes regresen al mundo de los espíritus. Es decir, es el recuerdo de los actos de amor realizados el que, en casos como estos, podrá hacer desaparecer los fríos sentimientos que antes empañaban su mutua relación. Si una persona ha contraído un karma en la reencarnación actual y desea restablecer la buena relación, aquel que ha actuado de forma negativa hará bien, por tanto, en no escatimar esfuerzos en pos de una reconciliación, intentando reparar el daño cuanto antes. Para conseguirlo, primeramente habrá que recapacitar sobre el acto causante del karma surgido y considerar con detenimiento las desagradables consecuencias que su modo de actuar le ha acarreado al otro. Con lo cual es posible que el arrepentimiento, condición decisiva, se despierte. Si se logra despertar el arrepentimiento, es también muy importante manifestar que uno está arrepentido de sus actos, de modo que no le quepa duda al ofendido que uno ha cambiado de actitud y que la obtención de su perdón realmente significa mucho. Después de tal intento de reconciliación, lógicamente es también muy importante que la parte afectada procure dar el primer paso intentando comprender la situación del arrepentido, y, si es necesario, procure ahondar en sus sentimientos para que el perdón otorgado sea absoluto y sincero. En cada caso hablamos pues de una relación entre dos personas que es muy personal, y en la cual es decisivo que las dos partes alcancen absoluta comprensión y conformidad con respecto al acto que ocasionó la ruptura de su relación. Hasta que esto no se consiga, no podremos decir que la buena relación se ha restablecido y que ya no existe un karma entre ellos. Lo que acabamos de exponer permite comprender y evidenciar la conexión entre el karma y los actos negativos. Comprenderemos que el karma surgido es la consecuencia de una relación interpersonal rota, que debe ser reparada, reconociendo que el sincero arrepentimiento y perdón son el camino natural para restablecer la buena relación. Cuando una persona comete un acto negativo contra otra, existe pues el riesgo de que este acto enturbie la relación existente entre ellas. También es obvio que una tercera persona no puede otorgar el perdón en nombre de la persona afectada por el acto negativo. Y es obvio, porque esta intercesión en absoluto elimina los fríos sentimientos de las personas afectadas y, por consiguiente, tampoco elimina el karma surgido como consecuencia directa de su fría relación. Al mismo tiempo, esto evidencia el hecho de que Dios sólo puede perdonar la falta que una persona ha cometido contra El, y que en todos los demás casos hay que dirigirse a la persona ofendida en busca del perdón. Son muchos los que admiten y reconocen lo descrito, sobre todo cuando evocan un acto malvado del que han sido objeto. Si el acto ha destruido la relación creando un karma, generalmente los afectados recordarán lo mucho que ansiaban que el ofensor mismo se acercase manifestando de forma clara su arrepentimiento y su deseo de obtener el perdón. Por lo tanto, hay que admitir que el karma es un asunto totalmente personal entre individuos cuya relación se ha deteriorado, y que el perdón sólo puede ser otorgado por la persona afectada por el acto negativo. Así, la creencia cristiana de que el perdón de los pecados se obtiene mediante la fe en Jesucristo, es totalmente contraria a la conexión entre el karma y el perdón, pues esa creencia no restablece la buena relación entre los individuos afectados ni elimina, por tanto, los karmas existentes. Como es lógico y evidente que la fe en Jesús no puede eliminar los karmas existentes entre las personas, y como a los cristianos les cuesta mucho reconocer que Jesús sólo puede perdonar la falta cometida contra El, queda demostrado cuán enormes trabas emotivas el cristianismo ha originado a sus seguidores. Si los individuos educados en la fe cristiana desean ahondar más en este tema tan importante, deben ante todo abrir sus mentes a una nueva manera de pensar. Una manera de pensar que dilucida la verdadera correlación habida entre actos negativos, arrepentimiento y perdón, y que al mismo tiempo evidencia que ni Dios ni Jesús necesitan que les pidamos perdón por actos negativos cometidos contra otros, sino que debemos pedírselo a las personas ofendidas. La creencia cristiana en el perdón de los pecados ha conducido, como era de esperar, a una pasividad que entorpece el restablecimiento de las buenas relaciones. Así, muchos cristianos han elegido a menudo el camino fácil de pedir perdón a Jesús por los actos que han perpetrado contra otros, en lugar de dirigirse a los interesados y, cara a cara, pedirles perdón. Una manera de actuar que, por desgracia, ha apelado a muchos, porque de esta manera evitaban reconocer sus errores ante aquellos que habían ofendido, aun sabiendo perfectamente que éstos necesitaban sus sinceras disculpas. El cristianismo no ha contribuido por tanto a esclarecer la conexión entre los actos negativos y el perdón; de ahí que, lamentablemente, muchos hayan omitido la reconciliación con las personas con quienes la relación ha sido destruida por su culpa. La afirmación cristiana de que una persona puede librarse de sus “pecados” mediante la intercesión de Jesús, es pues totalmente falsa, porque solamente el diálogo directo entre las partes afectadas puede eliminar los karmas existentes, o, cuando los interesados no se pusiesen de acuerdo, actos de amor realizados posteriormente. Por consiguiente, no es la conexión entre el karma y los actos negativos o entre el arrepentimiento y el perdón, una conexión misteriosa u oculta, sino que es la afirmación cristiana de que el perdón de los pecados se obtiene mediante la fe en Jesús, la que obviamente carece de sentido. En mi anterior análisis: CRISTIANISMO Y KARMA, he demostrado cómo el cristianismo y sus creencias dificultan el reconocimiento de la verdadera conexión entre los actos negativos y el perdón. Indiqué también que cuando una persona ha destruido su relación con otra, es éste un asunto que sólo atañe a estas dos personas y en el que ni siquiera Dios puede interferir. Si nos fijamos ahora en la relación entre Dios y cada individuo, podemos concluir que ésta es también una relación personal en la que no pueden interferir terceras personas. Cuando una persona ha actuado mal contra Dios, y desea obtener el perdón de Dios, esta persona debe pues dirigirse ella misma a Dios manifestando claramente su cambio de actitud. Ya que Dios ha creado a sus hijos como seres espirituales sin experiencia alguna pero con capacidad de evolución, y como Dios mismo ha evolucionado hasta convertirse en una Personalidad perfecta al vencer en solitario, hace miles de millones de años, a las Tinieblas que existen en el Universo, ni decir tiene que Dios comprende mejor que nadie que ninguno de Sus hijos puede recorrer el largo camino de la evolución sin cometer errores. Por eso Dios sabe también cuáles son las cualidades que les faltan a Sus hijos para que puedan superar determinadas tentaciones, y cuál es la ayuda que necesitan para ir aprendiendo a superar los impulsos negativos que todavía no pueden resistir. Como Dios ha hecho posible que nuestros cuerpos espirituales se unan a nuestros cuerpos humanos para que podamos desarrollar nuestra personalidad espiritual cada vez que rechazamos los impulsos negativos que se encuentran en el mundo terrestre, hablamos pues de un desarrollo caracterizado por la huella cada vez más profunda impresa en las dos fuerzas divinas que denominamos pensamiento y voluntad y que Dios ha donado a cada uno de sus hijos para posibilitar una vida espiritual consciente. Una huella que, prevaleciendo con cada vez más vigor, nos ayuda a resistir cada vez mejor las posibilidades de las Tinieblas. Así pues, estamos hablando, por un lado, del conocimiento personal adquirido a lo largo de las muchas vidas terrestres y, por otro, de la huella permanente dejada en nuestro pensamiento y voluntad, que son tan valiosos para nuestra vida futura en el mundo espiritual; en esta relación es importante comprender que sólo es posible grabar la huella mediante nuestros triunfos personales sobre las Tinieblas. Es también importante comprender que cada uno de nosotros debemos hacer un empeño voluntario para dominar nuestras debilidades, porque sólo son las decisiones voluntarias de rechazar los impulsos negativos las que imprimen una huella permanente en nuestro pensamiento y voluntad. Ya que el desarrollo personal nos beneficia a todos, y ya que los progresos espirituales conseguidos en las muchas encarnaciones son perdurables, podemos concluir entonces que la humanidad experimenta un desarrollo progresivo que poco a poco eleva el nivel espiritual. Aunque Dios no puede apoyarnos cuando actuamos de forma negativa, no significa esto que Dios se distancie de nosotros, sino solamente que Dios se distancia de nuestras acciones negativas. Por eso la actitud de Dios hacia nosotros nunca se ve caracterizada por sentimientos fríos, que llevan a una postura negativa, sino por una total comprensión y un amor incondicional que Le hacen aguardar con infinita paciencia la impresión de huellas cada vez más profundas en nuestro pensamiento y voluntad que cada uno de nosotros se prepara para alcanzar, antes de cada encarnación. El cristianismo no sólo ha dificultado la comprensión de estas cosas, sino que ha inculcado a muchos la muy onerosa creencia en el “pecado original”, esta idea tan ilógica y extraña. Una creencia en la que a cada individuo se le atribuyen “pecados” perpetrados, según se sostiene, por sus lejanos antepasados. Una concepción totalmente alejada de la realidad, puesto que a una persona, como es lógico, sólo se la puede responsabilizar de los actos negativos cometidos por ella misma, ya sea en esta o en una vida terrestre anterior, y no de los cometidos por otros. Con esto el cristianismo ha confundido a muchos haciéndoles creer erróneamente que entre Dios y Sus hijos existe un antagonismo del que sólo Jesús puede liberarlos. Una concepción en verdad curiosa, porque Dios, por supuesto, nunca ha abandonado a Sus hijos y porque, claro está, es totalmente impensable que Dios actúe de una manera tan cruel y primitiva, que Él solamente quiera reconciliarse con Sus hijos permitiendo la dolorosa muerte en la cruz de un hombre inocente. A lo largo de las últimas décadas, una nueva concepción de la reencarnación se ha extendido en el mundo occidental y, ni que decir tiene que es una concepción cuyas ideas básicas difieren fundamentalmente de las hinduistas y budistas. La nueva concepción se basa en la simple creencia de que nosotros, los humanos, estamos unidos a un alma de materia espiritual. Una materia espiritual compuesta por partículas tan pequeñas y ligeras, que su registro está fuera del alcance de los instrumentos de medición terrestres de que dispone la ciencia. Partículas espirituales con una dimensión mucho menor que la de las terrestres y que, por tanto, permiten la creación de un cuerpo espiritual. Un cuerpo espiritual que puede unirse a nuevos cuerpos humanos, deparándonos así una evolución paulatina de nuestra personalidad espiritual. Un evolucionismo beneficioso para todos, y a través del cual todos terminan convirtiéndose en afectuosos seres espirituales que un día disfrutarán de una vida eterna en el Reino de Dios. Como esta concepción es razonable y lógica, y en gran medida apela a la propia intuición de la gente, va adquiriendo cada vez mayor aceptación. Para aquel que abraza esta nueva concepción, una de las cuestiones más cruciales será: ¿Qué puede hacer la persona misma para fomentar su desarrollo personal? Por supuesto, una condición determinante es que esté dispuesta a querer realizar un esfuerzo personal para dominar sus debilidades y no cierre los ojos ante unos conocimientos que pueden dilucidar y descubrir el lado negativo de las posibilidades que le siguen tentando. Unos conocimientos que, en algunos casos, serán suficientes para que el ser humano logre vencer determinadas tentaciones. En otros casos, la tentación puede ser tal que hablamos de una lucha interior únicamente superable si se dedica mucho empeño y determinación en dominar las debilidades propias. En esta lucha espiritual puede servir de ayuda no sólo pensar en la meta del propio desarrollo, sino también reflexionar detenidamente sobre los sufrimientos y daños que sobrevendrán a otros si uno cede ante sus debilidades. En estos casos será muchas veces de gran ayuda buscar la compañía de otros que hayan estado en una situación parecida, y que quizá puedan hablar de las consecuencias que sus actos han acarreado y de cómo han intentado dominar sus debilidades. Las experiencias que estas personas transmiten podrán, a menudo, ilustrar más claramente los problemas particulares vinculados a determinadas debilidades, redundando esto no sólo en beneficio del que se siente tentado, sino también en beneficio de aquel o aquellos que han sufrido las consecuencias. Un saber que ayudará a cada persona a comprender mucho mejor su propia situación, y a Reconocer el carente valor que encierran las posibilidades que todavía le tientan. La lucha por desarrollar la personalidad espiritual es, por consiguiente, una lucha individual que todos hemos de librar. De ahí que debamos tener en cuenta que las dificultades a las que nos enfrentamos no tienen un denominador común. Por eso cada uno debe prestar atención a los problemas concretos que le cuesta resolver, y al mismo tiempo procurar servirse de las experiencias adquiridas por otros en la solución de problemas parecidos. La superación de los problemas requerirá por tanto, en muchos casos, la adquisición de amplios conocimientos sobre las inmediatas secuelas negativas que serán la consecuencia directa si el individuo cede ante sus debilidades. Los conocimientos adquiridos incrementarán, en muchos casos, la motivación para no ceder ante determinadas tentaciones o impulsos. Cuando los problemas sean muy grandes, sin duda será una ventaja participar en una terapia donde grupos de personas intercambian experiencias, que pueden ofrecer al individuo mayores posibilidades para también aprender de ellas. Un intercambio que facilita un mayor conocimiento de los problemas con los que cada uno lucha por entender y solucionar. El esfuerzo personal nos descubre pues un modo de vivir totalmente distinto, en el que el individuo debe decidir por sí mismo si él o ella prefiere un desarrollo espiritual encaminado a rechazar las posibilidades negativas con mucho mayor determinación. El desarrollo personal, beneficioso para todos en relación con la reencarnación, ofrece pues una imagen de Dios totalmente distinta, la del afectuoso y perfecto Creador que ha reflexionado a fondo sobre todo lo relativo al mencionado proceso de desarrollo. Es este un pensamiento simple y lógico, siendo natural que Dios, antes de crear El a sus hijos, haya considerado su plan muy detenidamente. Cuando Dios eligió este modo de actuar, lo hizo porque El sabía que es absolutamente indispensable que nos desarrollemos en muchas y diferentes direcciones. Un desarrollo individual que alcanzamos gracias a la gran diversidad de influencias a las que estamos expuestos a lo largo de nuestras muchas encarnaciones, y que generan una pluralidad de personalidades con muy diferentes campos de interés. Una diferencia espiritual que es una condición para que nos podamos inspirar eternamente los unos a los otros cuando algún día convivamos en el reino de Dios. Si deseamos cumplir esta evolución, sin sufrimientos innecesarios y a lo largo de un número de encarnaciones mucho menor, es indispensable que nos centremos en nuestro desarrollo espiritual, tal como es el objetivo de Dios con nuestras muchas encarnaciones. Otra y mucho mejor manera de vivir que nos permite dominar de un modo mucho más resoluto las debilidades que todavía nos subyugan. Vista desde este objetivo, la vida en la Tierra obtiene un sentido muy claro, según el cual debemos todos aspirar al total perfeccionamiento de nuestra personalidad espiritual. En este aspecto esta creencia difiere de la cristiana en lo esencial, porque rompe totalmente con la doctrina cristiana de la perdición, que es contraria a la creencia en el desarrollo personal que redunda en beneficio de todos. Esta idea tan sencilla y positiva, que no implica la perdición de nadie sino el desarrollo de todos, sacude cada vez más los cimientos de la iglesia cristiana, que está atada a dogmas cristianos que tienen cada vez dificultades para competir con los valores y las visiones que la nueva concepción ofrece a sus seguidores. Cualquier religión o ideología que propugne determinados dogmas o ideas en detrimento del desarrollo personal del individuo, se opone por tanto al claro objetivo fijado por Dios con nuestras muchas encarnaciones. Las concepciones religiosas o ideológicas, que con frecuencia se convierten en rígidos mandatos, deben pues dar paso a un pensamiento libre y abierto que permita una evaluación fehaciente de los mandatos que estas religiones o ideologías imponen a las personas bajo algún pretexto. Un modo de pensar totalmente distinto, donde la tolerancia y la total consideración hacia cada persona son condiciones indispensables que deben ser cumplidas. Con frecuencia la religión y la ideología se exaltan como un ideal al que las personas deben aspirar, pero que de hecho en muchos casos entorpece el desarrollo personal; de ahí que sea necesario tener un pensamiento libre y abierto que permita una evaluación fehaciente de si existe tal antagonismo. Una libertad que proporciona al individuo mayores posibilidades para comprender -y derecho a rehusar- los mandatos que obstaculizan el desarrollo personal, y que permite tomar en consideración los deseos y cualidades propias de cada uno. Una forma de vida alternativa que pone énfasis en que cada uno puede desarrollar su personalidad espiritual de manera individual, en lugar de estar atado a un culto colectivo de determinadas religiones o ideologías. También hay que señalar que el desarrollo personal se ve entorpecido muchas veces por personas que se sienten tentadas por el poder y la riqueza y que incitan a otras a ceder ante determinadas debilidades, para así fomentar su propio poder y obtener privilegios a costa de los demás. Este modo de actuar irá acompañado a menudo por un afán intencionado de propagar falsedades con el objetivo de dificultar la formación de un pensamiento claro e individual, o por un oscurecimiento de la verdad que los interesados ocultan, temerosos de que ésta revele la verdadera finalidad de los mandatos que intentan imponer a los demás. En muchos casos, se tratará de mandatos impuestos por personas que exigen de los otros vivir de una manera determinada o realizar determinados actos que, en gran medida, entorpecen el desarrollo personal. Mandatos que refrenan la libre voluntad, y que no se fundamentan en el amor y la tolerancia. Sin embargo, debería ser fácil descubrir la verdadera naturaleza de tales mandatos, pues instigan a actos y a una forma de vida que acarrean sufrimientos y privaciones totalmente injustificables. 6. LA DOCTRINA CRISTIANA DE LA REDENCIÓN Como es una parte importante del bien premeditado plan de Dios que todos Sus hijos experimenten un desarrollo para que puedan ir aprendiendo a rehusar las posibilidades de las Tinieblas, no existe por tanto ninguna perdición, y la creencia cristiana en la redención por Jesucristo carece, por consecuencia, de todo sentido y significado. Para la persona que ha comprendido esto, Jesús ya no aparece como el pretendido redentor tal como se le ha visto tras su muerte. Con esto se desmorona todo el culto personal creado en torno a Jesús, en el que él, sin que se haya apreciado la grandeza de Dios, ha sido comparado y equiparado con Dios. El reconocimiento de que nadie puede compararse con Dios y de que Dios no condena a sus hijos, nos abre los ojos a una muy distinta concepción de Dios en la que Dios mismo ocupa el lugar central que le corresponde, y en la que Dios ya no se concibe como un Dios severo y reprobador que primero abandona a sus hijos a causa de la pretendida caída del primer hombre, y que después sólo se aplaca con algunos de sus hijos al padecer un hombre inocente la muerte en la cruz. De esta manera la fe cristiana se enfrenta a otra visión de Dios, la cual se basa en la confianza absoluta de que el Amor incondicional de Dios abarca a todos Sus hijos y de que Dios nunca abandona a ni uno solo de sus hijos, sean cuales sean nuestros actos, sino que a todos nos ayuda en nuestro desarrollo. Una concepción que cada vez más personas sienten que concuerda con la verdad. Dado que Dios ha planeado un desarrollo en el que todos Sus hijos están incluidos, también resulta mucho más fácil comprender que para Dios carece de importancia qué religión Sus hijos han decidido abrazar, pero también que Dios observa muy atento cómo Sus hijos tratan de resolver los problemas que se les presentan en el mundo terrestre. Como Dios conoce las leyes divinas en las que se basa el desarrollo de nuestro pensamiento y voluntad, naturalmente Dios sabía ya entonces, cuando Él premeditó y trazó el plan para el desarrollo de Sus hijos, que este plan aseguraría que todos Sus hijos alcanzasen la misma meta: ser capaces de rehusar, sin mayores dificultades, todas las posibilidades negativas que se hallan en el mundo terrestre. Cada vez que uno de los hijos de Dios fracasa en el intento de vencer las influencias negativas, a las que se enfrenta en cada encarnación, Dios comprende perfectamente que esta debilidad se debe a que la persona todavía no ha alcanzado el desarrollo necesario en el ámbito respectivo. Puesto que Dios nunca se distancia de ninguno de sus hijos, la doctrina cristiana de la perdición es por tanto no sólo falsa, sino que además atribuye a Dios una actitud muy negativa e intolerante hacia aquellos de Sus hijos que no cumplen determinadas condiciones cristianas. Una concepción cristiana que postula que Dios condena a los no cristianos al sufrimiento y a la perdición eterna. Está claro que una actitud tan poco afectuosa e inclemente es absolutamente contraria a la perfección de Dios, porque la perfección de Dios hace que Él no sólo desee ayudar a todos sus hijos, sino que Él en su sabiduría también sabe cómo Él ha de ayudarlos tomando justamente en consideración el nivel de desarrollo al que ha llegado cada uno de ellos. Añádase a esto que la perdición cristiana es totalmente incompatible con el Amor incondicional que Dios nos profesa a todos. El que el Amor de Dios sea incondicional, significa precisamente que el Amor de Dios no depende ni de nuestra creencia ni de nuestros actos. La doctrina cristiana está, por tanto, en un serio dilema del que no va a salir bien parada a la larga, porque está atada a dogmas cristianos que afirman que Dios dividirá a Sus hijos en redimidos y perdidos. Un modo de actuar negativo que en absoluto concuerda con la perfección que Dios mismo ha alcanzado, venciendo en solitario a las Tinieblas habidas en todo el Universo.

Source: http://www.jan-erhardt-jensen-spain.dk/seisanalisis.pdf

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